viernes, 24 de junio de 2011

E Street Band

El pasado domingo día 20, mi mujer leyendo el diario en Internet me comentó que si sabía la noticia de la muerte del saxofonista de Bruce Springsteen. ¡Coño, el negrito gordo! respondí de inmediato. Ella se sorprendió de que supiera quien era y seguro que pensaría que marido más friki tengo. Pero no es así. Clarence Clemons no es un músico cualquiera para mí. Este hombre es el más carismático de la banda, el que llena las canciones y trasmite su peculiar alegría dejándose los labios una y otra vez, y queriendo o no, forma parte de la historia de las carátulas de discos. Si algún seguidor lee ésto sabrá de qué portada hablo. Más bien contraportada.

Yo siempre he escuchado todo tipo de música. En mi adolescencia obviamente el pop y el rock invadieron mi dormitorio y el salón de la casa. De todo lo que escuchaba y veía por la tele, en plena época videoclip, dos cantantes, uno extranjero y el otro español, declinaron mis gustos claramente hacia el rock. Y en concreto al rock urbano. Eran Bruce Springsteen y Loquillo. Pero lo que más me gustaba eran las bandas que lo acompañaban. La E Street Band y Los Trogloditas. Su fuerza, su descaro, su compenetración en apenas tres o cuatro acordes que tiene una canción lo transmitían en los discos que, como he dicho, ponía sin parar a tope de volumen.

Recuerdo que a Springsteen lo conocí tarde, años después del Born in the USA. Mi primer disco suyo fue el Tunnel of Love. Como me encantó fui comprando los antiguos. Y entre ellos, los dos mejores que ha firmado el jefe, Born to Run y The River. En esos dos discos está todo el rock’n’roll de la historia resumido. Igual de importante era la banda que su líder. De vez en cuando ponían imágenes de sus conciertos donde veíamos el gigantón “negrito gordo” disfrutando de lo lindo con sus solos, y siempre de broma con alguna que otra coreografía con Springsteen. Que potente sonaba la batería. Que fuerza las guitarras, que ritmo de garaje marcaba el bajo. En fin, el sonido de New Jersey a los que la banda contribuyó sobresalientemente.

Pero ya no hay nada que hacer. La E Street Band se acabó. Ya un par de años antes había muerto Danny Federici, el de los teclados. Ahora el saxo. Ningún concierto, ningún disco sonará igual. The Boss seguirá sacando álbumes. Serán seguramente maravillosos. Pero ninguno como Born to Run o The River.
Finalizo dando las gracias por agradarme la vida a todos los miembros de la banda, los cuales cito de memoria (espero no equivocarme y hacer el ridículo): Bruce y su mujer Patty, Garry Tallent, Max Weinberg (que final tiene en el tema Born in the USA; cuando la canción ha terminado, el redobla y redobla hasta que el grupo vuelve al principio), Roy Bittan, Steven Van Zandt y los fallecidos Danny Federici y Clarence Clemons (el negrito gordo).

Pequeños momentos mágicos de mi vida: hace un par de años en la serie Como conocí a vuestra madre, el protagonista tiene que decidir si vivir con su novia en New Jersey, ciudad de ella, o en NewYork donde vive él. Se pelean por ambas ciudades. Suena el New York, New York mientras engrandece la ciudad y empequeñece la otra. El finalmente cede, y en ese instante a su mente le viene Bruce Springsteen cantando a su New Jersey. Bellos de punta.

sábado, 4 de junio de 2011

El Mozart español

Ha sido mi descubrimiento del año. He de reconocer que sólo conocía su existencia por el Teatro que lleva su nombre en Bilbao. Quizás mi ignorancia es debida a que en una colección de música clásica que ha sido mi guía para conocer a tantísimos compositores, no apareciera ninguna obra suya.

Hace unos pocos años sacaron un coleccionable de cedés, de venta conjunta con un diario, de música clásica española. Compré la colección completa y fui escuchándolos poco a poco. Albéniz, Granados, Falla, Sarasate, Turina, … todos ellos han pasado por mis lectores (ordenador, coche, etc…). Pero dejé uno arrinconado. El ¿por qué?, pues no lo sé. Quizás, por el desconocimiento al que me refería anteriormente.

Un poco antes de la Semana Santa puse Radio 2 (la clásica) en el coche. Juego muchas veces a intentar descifrar el autor de la pieza que está sonando. Con eso me distraigo y, dicho sea de paso, aprendo mucho. Piensas la época, la nacionalidad, sus características, etc… para llegar al compositor y acertar. Bueno, volviendo a ese día. Sonaba un tema. Rápidamente me di cuenta que por su instrumentación y estilo era una sinfonía. A los veinte o treinta segundo estaba convencido de que era de Mozart. Terminó la pieza…. y el programa. El presentador se despedía cuando me llamaron por teléfono y me quedé sin saber nada de la obra.

Días después me acordé de esto. Busqué el programa en Internet… y ¡Sorpresa! No era Mozart. Era una Sinfonía de Juan Crisóstomo Arriaga. Curiosamente, el del disco que nunca había puesto. Lo apunté en mi cuadernillo de “tareas pendientes”. Hace un par de semanas me propuse escucharlo. El CD consta de tres obras. La Sinfonía en Re y el 1er y 2do cuarteto de cuerda. La primera interpretada por la Orquesta Filarmónica de Londres bajo la dirección de Jesús López Cobo. Palabras mayores y realmente atrayentes.

Desde entonces escucho el álbum una y otra vez. Sobre todo la Sinfonía. Maravillosa.
El cuarto movimiento me encanta. Y me sigue recordando a Mozart. Obviamente he buscado en mis libros de música, mi enciclopedia clásica, Internet, etc… y me he informado de la vida y obra de Arriaga. Que la música suene al de Salzburgo no es raro. El bilbaíno nace en 1806. Digamos que enclavamos su obra en período clásico y la influencia mozartiana es más que lógica. Haydn es quien define el estilo. Mozart lo toma de éste y lo desarrolla.

Pero en sus biografías hay algo más que une al protagonista de mi disco con el que generó mi confusión. Ambos nacen un 27 de enero cincuenta años después. Los dos son músicos precoces. A los tres años uno da conciertos de piano y el otro de violín. Empiezan a componer en su niñez. Del austriaco ya sabemos. El español, crea su primera y única ópera con quince años. Y finalmente, más bien desgraciadamente, mueren jóvenes (“los elegidos de los dioses mueren jóvenes”). Arriaga en concreto… con sólo veinte años. Cuando tenía quince deja Bilbao para ir a París a perfeccionar sus conocimientos en el Conservatorio de la ciudad. A los dieciocho, ya es profesor-ayudante del mismo. Dos años después muere de la manera más “romántica” que hay de morirse en París. De tuberculosis.

El legado de Arriaga no es muy amplio. Es de suponer. Independientemente de su temprana muerte no se han conservado muchas de sus obras. Entre las que gracias a Dios conservamos se encuentran algunas cantatas religiosas, la obertura de su ópera “Los esclavos felices”, tres cuartetos de cuerda y su Sinfonía en Re que como he contado es mi pequeño descubrimiento del año. La escucho una y otra vez. Y aunque me sigue sonando a Mozart, ahora cuando termino la audición pienso para mi: “me suena a Arriaga”.

P.D.: Mi primo Pablo también nació ese día. Aunque los dioses no deben de quererle mucho ya que pasa de los cuarenta. Mejor así.

viernes, 13 de mayo de 2011

Clara Wieck-Schumann

Hasta la retirada del marco alemán en 2002 (por la llegada del euro) el billete de 100 llevaba la imagen de Clara Schumann. La gran mayoría desconoce su vida e incluso quien es. Lejos de hacer una biografía culta, extendida y seria, narraré su vida en un tono “prensa amarilla” con el fin de que si alguien pierde el tiempo leyendo ésto se familiarice con el personaje y entienda que ha hecho esta señora para que le diesen en su momento tan grato honor.

Clara Wieck nace en 1819 en Leipzig, Alemania. Su padre y su madre son pianistas, profesores y vendedores de piano. Obviamente, le enseñan a tocar, al igual que a sus hermanas, dicho instrumento. Como la niña vale y destaca, su padre la empieza a promocionar. El Señor Wieck siguiendo la tradición de la época acogían a sus alumnos en su casa y es así como llega a la suya un tipo que dice querer ser concertista, compositor y escritor y que realmente a la fecha sólo es un soñador. Clara tenía entonces once añitos. El aprendiz recién llegado, veinte. Su nombre era Robert y su apellido Schumann.

En el salón de la casa frente al piano comienza una pequeña amistad entre ambos. Pasan pocos años y ya por el pasillo la amistad crece y es un poco mayor. Pasan otros tantos y por los dormitorios… en fin, ya están enamorados, … ¿y que sucede? Pues que deciden casarse antes de liarla parda. Pero… problema. Clara sigue siendo menor de edad. Es cuando Robert Schumann se le ocurre pedirle consentimiento al padre. Éste se pone a reír ante tal proposición, pues Schumann sigue con su mundillo “fantasioso-romántico”, muy bonito, pero poco práctico. Resumiendo, que no tenía ni oficio ni beneficio. Resultado… prohibición, deterioro relación padre – hija, me escapo de casa, a los tribunales, etc… Finalmente, el bueno de Schumann empieza a despuntar como concertista y a conseguir solvencia económica lo que permite la realización del esperado matrimonio.

Una vez casado, el tonto (porque no se le puede definir de otra manera) de Robert, no se le ocurre otra cosa que inventarse un aparatito que le agrande la mano. Cuando se destroza los tendones de los dedos se acaba su carrera de intérprete. Solución: Clara toca de lujo. Que sea ella la que interprete las composiciones de su marido.

Así nace la leyenda del matrimonio Schumann. El compone estupendamente piezas sobre todo pianísticas y ella las interpretas de forma magistral. Robert está loco por su mujer y se refleja en sus composiciones que directa o indirectamente hablan de ella. Clarita está loca por su marido y sólo toca obras suyas. Pasan los años y Clara sigue mejorando aún más su técnica. Puede ser, casi sin dudad, la mejor pianista del siglo XIX hasta que surge de la nada… Franz Liszt. Nacido en Hungría, es el gran intérprete de piano de la historia. Su desenvoltura, facilidad, agilidad, técnica, virtuosismo, sus composiciones, sus versiones, su personalidad, etc… le convierten en el gran concertista, el ídolo de masas, la estrella de la música (hasta las mujeres se desmayaban escuchándolo). Clara se siente algo acomplejada ante éste y dado su carácter algo machista (aunque algo hizo, ella misma pensaba que no podía componer pues era cosa de hombres) frena su carrera. Clara era la antípoda de George Sand, la amiguita de Chopin. A pesar de todo ella sigue con sus conciertos, dejando la rivalidad para el húngaro (Liszt) y el polaco (Chopin).

Pero en fin, no todo es bonito en esta época romántica. Robert es un señor depresivo… depresivo. Bastante depresivo y en más de una ocasión se intenta suicidar sin motivos aparentes… o no. Resulta que Schumann es también crítico de una revista propia y conoce y habla maravillas de Johannes Brahms, entonces músico incipiente. Éste conoce al matrimonio y se enamora de ambos. Bueno, de él sólo de su música. La amistad entre Clara y Johannes sólo terminó con la muerte de ambos. ¿Fue un amor platónico? ¿Fue correspondido? Parece que no. Que no pasó nada. Schumann murió en un psiquiátrico. Clara dedicó sus últimos cuarenta años de vida a tocar por toda Europa la música de su esposo.

Las malas lenguas hablan también que a raiz de “la guerra de románticos” entre Brahms, Clara y Joachim por un bando y Liszt y Wagner por otro, pudiese surgir algún flechazo de estos dos últimos con la señora Schumann (el primero era un famoso limpiador de chimeneas de mujeres casadas; el segundo… que le pregunten a Hans von Büllow quien era el padre de su “hija” Isolda). La referida guerra no es más que una controversia donde Beethoven es el eje central. Todos lo aman, pero mientras unos piensan que es la cúspide de la montaña inalcanzable donde todo a partir de él debe girar, otros lo ven como el pedestal de donde nace una nueva música. Éste es un tema muy interesante que ya comentaré en un nuevo post.

Dos anécdotas: La primera referente a la guerrilla y la otra al matrimonio.
1)      Independientemente de cómo consideraran a Beethoven, Liszt no podía ver a Brahms porque el virtuoso pianista en una exhibición privada para unos pocos amigos interpretó una variación de un tema de Johannes. Cuando terminó y giró la cabeza para ver que le había parecido… Brahms dormía placidamente. Demasiado para su ego.
2)      Robert tenía un diario en el cual anotaba su vida. Cuando se casaron, Clara y él escribían conjuntamente en el libro. A la muerte del compositor, ella siguió apuntando en él. Es el diario de Robert y Clara. El matrimonio y el libro están enterrados juntos en Bonn. 

Finalmente, aclarar que no he querido ofender a ninguno de los mencionados. Sólo he intentado contarlo de una manera algo maruja. Cualquiera que me conozca sabe que mucho de los nombrados son mis ídolos.
Se me ocurrió hacer este escrito cuando buscando entre mis partituras antiguas me encontré con mi libro “Escenas de Juventud” de grato recuerdo de mis años de Conservatorio. Muchas gracias a los Schumann.

viernes, 6 de mayo de 2011

1001 Noches

Cansadísimo de un día muy, pero que muy largo y aprovechando que me quedo solo en el salón mientras el resto de la casa duerme, me pongo a hacer zapping tumbado en el sofá. Intento no caer en la trampa y engancharme tontamente a programas de cotilleos y/o reality shows. Doy casi sin querer con Canal Sur 2. Veo que está el programa las “1001 Noches” presentado por Joaquín Petit. Pienso el tiempo que hace que conozco a este periodista. Lo menos… veintitantos años. Y siempre con ese tono y esa voz tan característicos al hacer su trabajo, entrevistar a un famoso.

Miro al entrevistado e intento reconocerlo. Es un señor con el pelo largo, con sus añitos y con una guitarra. Me cuesta, pero creo reconocerlo al hablar. Si, inconfundible ese acento andaluz cuando habla en castellano o cuando lo hace en inglés.

La entrevista se desarrolla amenamente. La amabilidad del entrevistador y el encanto del entrevistado unido al buen gusto del programa crean una atmósfera muy agradable. Las preguntas giran en torno a la vida artística del invitado, cantante y compositor. Las respuestas finalizan con una canción acompañada de una guitarra que no suelta en ningún momento.

Respuesta a respuesta, canción a canción, se me olvida lo cansado y muerto de sueño que estoy y deseo que la entrevista no acabe. Ésta se interrumpe y le llega el turno a un par de humoristas muy originales y otro invitado. Al rato, vuelve el señor de la guitarra, pero esta vez frente a un piano e interpreta dos temas. Sigue con sus anécdotas siempre acompañadas del encanto y simpatía que irradia este señor.

Pues bien, éste no es otro que Albert Hammond. Este gibraltareño, dedica su vida a cantar sus propios temas, versionar boleros y componer para otros, tanto en español como en inglés (reitero, español-andaluz, inglés-andaluz). Escuchándolo interpretar tantas canciones conocidas (muchas de ellas no sabían que eran de él) me doy cuenta que Hammond me ha ido acompañando durante toda la vida en la voz de infinitos cantantes. En fin, que es el creador de un trocito de la banda sonora de mi vida y pienso que de casi la de todo el mundo.

Don Albert o Mister Hammond (como prefiera), gracias a usted sabemos que no llueve en el sur de California o que cuando la pena cae sobre mi, busco entre mis recuerdos. Decía en la entrevista que le hubiese gustado componer “Imagine” y pienso que a todo el mundo le sucede lo mismo. Pero no se preocupe, que no ha quedado muy lejos. Su “One moment in time” es sin duda lo mejor que ha hecho nunca Whitney Houston y un verdadero himno que a más de uno le hubiese gustado crear. Como usted, aun estoy pendiente de que llegue su mejor canción, aunque el listón lo ha puesto muy alto.

Gracias por hacerme pasar un buen rato. Gracias, Hammon. Gracias, Petit.   

viernes, 8 de abril de 2011

Yo amo el rock and roll. Joan Jett.

El pasado miércoles después de la enésima goleada del Barça en Champions League, me vi una película de finales del año pasado donde se narra el nacimiento, auge y caída del grupo The Runaways, el primero de la historia del rock donde todos sus integrantes son mujeres.

Dicho film, interpretado entre otros por Kristen Stewart (la guapa de la peli quinceañera, insulsa y tostón de Crepúsculo) reúne todos los topicazos de las biografías de músicos del mundo del rock. Comienzos y problemas familiares, primeros conciertos, primeros contratos, cuando llega el estrellato y como no, cuando se  estrellan. Tratándose de un grupo rock de los años setenta con tendencia punk, es lógico que el golpe se lo dieran con los excesos de todo tipo de vicios y drogas.

La película se centra en la vida de dos de sus miembros (Joan Jett y Cherie Currie) y su productor (Kim Fowley). Joan Jett es la fundadora, líder, guitarrista y compositora. Busca a un productor, manda maquetas y sueña con tener un grupo. Cherie Currie es contratada como cantante e imagen. Fowley es quien las dirige a la brutalidad y el salvajismo, para lo bueno y lo malo, del rock. Aceptado ésto por la primera y el resto del grupo, Cherie es más reticente pues realmente no se involucra.

El grupo tuvo un gran éxito en su momento.  "Hello daddy, hello mom... ch-ch-ch-ch-ch CHERRY BOMB” estribillo de la canción Cherry Bomb dio la vuelta al mundo, con gran éxito por ejemplo en Japón, donde hicieron una gira. Pasado el tiempo, la más insegura y desgastada, Cherie Currie deja el grupo, todo se derrumba a pesar de los intentos de Joan de que nada se rompa y The Runaways llega a su fin.

Lo que más me gusta de la película es el personaje de Joan. Desde el comienzo podemos ver claramente que ella ama lo que hace. A su guitarra y al rock. Por el contrario, la vocalista, que es contratada más como imagen que como otra cosa, nunca se le ve apasionada. La última escena es claramente significativa. La Currie trabajando en un pequeño almacén oye por la radio el tema “I love Rock N’ Roll”. Le encanta. Presta atención a quien lo interpreta y se queda de piedra cuando se entera que es Joan Jett & The Blackhearts. Emocionada llama a la radio para saludar a Joan que se encuentra promocionándolo. Esa canción pasó desapercibida en su momento cuando lo cantaron sus compositores, The Arrows. Pero Joan la escucha por la radio y se le queda grabada en la cabeza. Años después la versiona y… más de diez millones de discos vendidos. No sólo eso. Hoy en día, Joan Jett está considerada dentro de las cien leyendas del rock. Cherie Currie… no.

Con esta historietita quiero decir que para interpretar cualquier tipo de música (rock, pop, jazz, clásica…) es fundamental  nutrirse de los predecesores, observar los contemporáneos y estudiar tu estilo. No es coger la guitarrita y tocar unas horitas y que bien lo hago. Es la gran diferencia entre "el que interpreta" y "el que interpreta y ama la música". Los músicos no son unos trabajadores que entran a las ocho y salen a las dos. Viven para y por la música. Es la diferencia entre Joan y Cherie. Por eso, me indigno (y mucho) cuando algunos triunfitos cutres no conocen a Madonna, Joan Manuel Serrat o a Bruce “Sprinfield” como dijo uno. Por favor, dedicaros a otra cosa.

Hoy en día, Joan Jett & The Blackhearts, con cincuenta y tantos años, continúan tocando en giras y grabando en estudios. Cherie hace figuras con una sierra eléctrica. Los triunfitos cutres, con veintipocos salen en el programa de María Teresa Campos.  Insisto, dedicaros a otra cosa.

viernes, 1 de abril de 2011

Piano "contra natura"

Hoy quiero recomendar cuatro discos de la pasada década (por cierto, bastante indispensables). En común tienen bien poco. El único nexo es el que hago con el título de esta entrada. Cuando digo piano “contra natura” quiero referirme a discos donde el piano vaya acompañado de instrumentos que a priori no le pegan, fusiones imposibles o versiones de clásicos del protagonista del post interpretados sin él. Aquí van los cuatro álbumes:

Ludovico Einaudi y Ballaké Sissoko – DIARIO MALÍ (2006)
Unión entre piano y kora. Einaudi, italiano, al piano y Sissoko, maliense (no tengo ni idea del gentilicio de Malí), tocando la kora, que es el típico instrumento africano de cuerda de las películas (mástil bien largo sobre media calabaza y veintiuna cuerdas) con sonido que recuerda al arpa. De esta conjunción nace este disco íntimo y sensual. Melodías sencillas sin pretensiones. Al igual sucede en su ejecución y armonías. Y quizás por eso brilla creando atmósferas relajantes y algo ensoñadoras. Para escuchar tranquilo. Música de fondo. Bien Ludovico, brillante Ballaké.

Chick Corea y Bela Fleck – THE ENCHANTMENT (2007)
Lo que menos se puede uno esperar. Piano y banjo (sí, el de las pelis de vaqueros). Corea siempre está enfrascado en proyectos dispares (y todos geniales) y en esta ocasión se une al norteamericano Bela Fleck para este álbum. Ya habían colaborado en algún tema, pero aquí lo hacen en este disco de composiciones propias y una versión (del famoso “Brazil”). Un disco imprescindible, ya que estas ocurrencias no suceden a menudo. De Chick ya comentaré en una entrada sólo para él. De Fleck, decir que es el mejor intérprete de banjo del mundo. Gran ritmo y verdaderas maravillas.

Miriam Méndez – BACH POR FLAMENCO (2005)
Para los amantes de Bach y para los que aprendimos a tocar el piano, EL CLAVE BIEN TEMPERADO es un libro de cabecera. ¿Se lo imaginan tocado por bulerías, tangos, soleá o sevillanas? Pues eso lo consigue Miriam Méndez, pianista andaluza en uno de mis discos favoritos de los últimos años, y desde luego el más original. Le acompañan, como no, guitarras, taconeos, percusiones, violines y violonchelos.

Niño Josele – PAZ (2006)
Waltz For Debby, My Foolish Heart, Turn Out The Stars o When I Fall In Love por poner unos ejemplos son clásicos que interpretaba el célebre pianista de jazz Bill Evans. Niño Josele, guitarrista flamenco almeriense, versiona éstos y otros más en Paz. Reconocerle el buen gusto al acometer este disco donde le acompañan entre otros, Estrella Morente a la voz y Javier Colina, mi bajista español favorito. Disco original. Para amantes del jazz.
Por cierto, y para finalizar, comentar que tengo unas partituras de Bill Evans. He intentado meterles mano y sólo he recibido un bofetón (todo en sentido figurado, -que estoy casado-). La semana que viene comentaré como progreso o … retrocedo (me temo esto último, Bill era muy bueno).

viernes, 25 de marzo de 2011

Ravel

Leyendo un artículo sobre la influencia del jazz en la música clásica me hace pensar que hace mucho que no escucho a uno de mis compositores favoritos, el francés, aunque de madre española, Maurice Ravel, considerado por muchos como el mejor orquestador de la historia y uno de los compositores más preciosistas y minuciosos.

Rebusco entre mis discos y me escucho tres obras, el Concierto para piano y orquesta en sol mayor, el Concierto para piano y orquesta en re mayor para la mano izquierda y, como no, el Bolero. Todas ellas de los años veinte. Ravel vive entre el último cuarto del siglo XIX y el primer tercio del XX.

Concierto en sol mayor para piano y orquesta: (interpretado por la Orquesta Sinfónica de la Radio de Stuttgart, bajo la dirección de Gary Bertini. Al piano, Kun Woo Paik.)
Consta de tres movimientos. Allegremente, Adagio Assai y Presto. El primero, se inicia con un golpe seco (en las versiones para doble piano se le suele dar a la tapa de uno de ellos) para desarrollar un tema ameno muy ligero donde la influencia del jazz (no en el sentido de la improvisación sino del sonido, digamos, norteamericano) es notoria. Debussy, Saint-Saëns, obviamente Stravinski y Gershwin. Todos se nutren del Jazz y se influyen entre ellos. La Rhapsody in blue del último citado tiene momentos que recuerdas la primera parte de este concierto. El segundo movimiento es de una belleza absoluta. Este Adagio, junto con una obra de Mozart, que ya mencionaré otro día en otra entrada, es mi pieza lenta favorita de todos los tiempos. Una magnífica melodía suena al piano. Poco a poco la orquesta muy sutilmente acompaña y crea una atmósfera ensoñadora, llegando al clímax en su final cuando el corno inglés rememora la línea melódica mientras el piano arpegia y finaliza con un trino “imposible”. Jamás me cansaré de escucharlo y descubrir cosas nuevas. La tercera y última parte, Presto, me recuerda a Un Americano en París del citadísimo Gershwin y, esto me ha valido en un foro muchísimas réplicas aunque no me bajo del burro, al West Side Story de Berstein.

Concierto para piano y orquesta en re mayor para la mano izquierda: (mismo disco e interpretación que el anterior)
Tengo que reconocer que me gusta bien poco. Es algo oscuro (y eso que también hay mucha influencia jazz aquí también). Quizás su historia es más llamativa. Se la encargó un célebre pianista, Paul Wittgenstein tras perder un brazo en la I Guerra Mundial.

Bolero: (interpretado por New York Philarmonic Orchestra y dirigido por Kurt Massur. También vi en el Youtube la de Barenboim con la Orquesta de París. Por cierto, me estoy empapando una autobiografía de éste último interesantísima).
Pues… ¿que decir de esta pieza? Obviamente para cualquiera la más conocida del autor. Obra sencilla donde una melodía se repite sin cesar durante 16 mágicos compases interpretada por sucesión distinta de instrumentos sobre un ostinato (patrón rítmico repetido una y otra vez) de una caja orquestal y unas cuerdas en pizzicato que van desde pianissimo “pianissimo” a fortissimo “fortissimo”.
Como curiosidad, si alguien lo escucha, el orden de actuación de los instrumentos es (separo por -   -  cada melodía):
-Flauta-; -Clarinete-; -Fagot-; -Requinto-; -Oboe-; -Trompeta y Flauta-; -Saxo tenor-; -Saxo soprano-; -Flautín, Celesta y Trompa-; -Oboe, Corno Inglés y Clarinetes-; -Trombón-; -Flautín, Flauta, Oboes, Clarinete, Violines-; -Violines-; -Violines y Trompeta-; -Violines y Trombón-; -Flautín, Flauta, Saxos, Trompeta y Violines-; -Flautín, Flauta, Saxos, Trompetas, Trombón y Violines-. Cambio de tono y traca final.
Esta obra fue encargada por Ida Rubinstein para un ballet. Cuando comenzó su composición, jamás podría pensar Ravel que estaba creando una de las páginas más célebres de la historia de la música. 

miércoles, 16 de marzo de 2011

Philadelphia

Charlando el otro día con unos amigos sobre grandes canciones de la historia del rock mencioné una que me encanta de Creedence Clearwater Revival, la famosísima “Have you ever seen the rain?”. Cuando llegué a casa me vino a la mente una versión que hicieron del citado tema los Spin Doctors aunque no recordaba que disco la incluía. Al final, sabíendo que lo tenía fisicamente y después de un buen rato de búsqueda, me acordé que estaba en la banda sonora de la película Philadelphia que dirigió Jonathan Demme después del Silencio de los Corderos. Así que aproveche y le di un repaso (al disco, no al film).

Independiente de  la música de Howard Shore, que en este caso pasa desapercibida, y siguiendo la costumbre de la época (desde la mitad de los 80 hasta mediados de los 90) de incluir canciones en el desarrollo de la película (que sirven para posterior videoclip promocional) nos encontramos con que Philadelphia incluye dos temas compuestos especialmente para ella. Dos pesos pesados, dos leyendas, en fin, dos monstruos del rock componen e interpretan estos temas. Bruce Springsteen y Neil Young.

“Streets of Philadelphia” de Springsteen da comienzo a la película. Ocho compases idénticos donde sólo oímos la percusión llevando un ritmo constante. Seguidamente se integra un teclado con sonido de cuerdas durante ocho compases más. Y llegamos al diecisiete, donde aparece la voz del “Boss”, en uno los mejores temas de su vida, si no el mejor.

El final de la película, en el funeral donde proyectan videos de su infancia y se reúnen amigos y familiares, suena el tema de Neil Young. Un piano y su voz  (ambos “reverberizados” a tope para conseguir un efecto de delicadeza extrema) acompañados en ocasiones de acordes de sintetizador y algo de platillo. Un verdadero temazo.
Como curiosidad, reseñar que los dos competirían en los Oscars a la mejor canción al estar ambos nominados, ganando el de New Jersey (Springsteen).

Independientemente de lo dicho, siempre he pensado que el Oscar al mejor actor que consigue Tom Hanks lo gana por dos momentos. El primero, por su cara de decepción, incomprensión y soledad al no encontrar nadie que lo defienda a la salida de un bufete. El segundo, es el gran momento de Philadelphia. Suena un disco y él explica y traduce conjuntamente a Denzel Washington un Aria de una Ópera. Literalmente transcribo: … “Es mi Aria favorita. Es María Callas. En Andrea Chénier. De Umberto Giordano. Esta es Maddalena. Explica como durante la Revolución francesa la chusma prendió fuego a su casa. Y su madre murió salvándola a ella. ¡Mira! El lugar que me vio nacer está ardiendo. Estoy sola. ¿No oyes la angustia en su voz? ¿La sientes, Joe? Ahora entran los instrumentos de cuerda y todo empieza a cambiar. Y la música se llena de esperanza. Voy a cambiar. ¡Escucha, escucha! Yo causo dolor a los que me curan. ¡Oh, ese chelo solitario! Y fue durante ese dolor cuando me llegó el amor. Una voz llena de armonía me decía: sigue viviendo. Yo soy la vida. El Cielo está en tus ojos. Es todo lo que te rodea, es la sangre, el barro. Yo soy divina. Yo soy el olvido. Yo soy el Dios que desciende del Cielo a la Tierra para hacer de la Tierra un Cielo. Yo soy el amor. Yo soy el amor.”
A mi parecer, aparte de uno de los grandes momentos de la historia del cine, una lección de cátedra de cómo hay que escuchar un Aria. No es una canción aislada. Es un trocito de un todo que es la Ópera en si. Hay que conocer el argumento. Su significado y su contexto en él. Los recursos musicales que utiliza para matizar las expresiones (de alegría, tristeza, etc.. ) que requiere el compositor. En fin, recalcar que la Ópera  únicamente no es cantar. Es también interpretar. De ahí la grandeza de María Callas. Excelente en las dos facetas.

Un día me dijeron refiriéndose a este género. No entiendo como te puede gustar eso. No respondí. Pero me dije para mi mismo: Yo si que no comprendo como no te puede gustar.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Sobre la Tacita de Plata

En la fecha en que estamos, no podría hablar de otra cosa que no fuese del sonido de mi ciudad. De la música de Cádiz, cuna de los Tanguillos y las Alegrías y de “las olas de La Caleta, que es plata quieta...".

Muchas veces me preguntan, sabiendo de donde soy, por el autor de una coplilla carnavalera en concreto; otros no tan conocedores de lo que se hace aquí me interrogan con ¿Cuál es la cancioncilla ésta? ¿Dónde sale eso que cantan en carnavales por la calle? ¿Y esa canción que corean en el estadio? Intentaré contar el origen de tres o cuatro musiquillas típicas que nos acompañan casi a modo de banda sonora a los gaditanos, que aunque todos mis paisanos las conozcamos, más de uno de fuera, no.

Obviamente comienzo por Los Duros Antiguos “que tanto en Cádiz dieron que hablar”, el tanguillo por excelencia que representa a la ciudad y al Carnaval, compuesto por Antonio Rodríguez Martínez, El Tío de la Tiza, para su coro de 1905 “Los Anticuarios”. Dudo que exista alguien que escuche sus tres primeros acordes (tran, tran, tran) y no lo asocie a la tacita.

Si no me desvío del Carnaval, es obligado que haga mención al padre de la Comparsa, Paco Alba. Y como no, a su más célebre pasodoble. “Viene a esta tierra un barquito, más típico no lo hay, más blanco ni más bonito, en todo el muelle de Cai”. Obviamente me refiero al Vaporcito del Puerto, compuesta en 1965 para “Hombres del Mar”.

Cumpliendo un siglo el Cádiz club de fútbol, no puedo dejar de felicitarlo refiriéndome a sus himnos. El oficial, de Escobar y Parodi, y el oficioso, pasodoble dedicado al equipo amarillo y azul por Manolito Santander en su chirigota “La Familia Pepperoni” de 1998. “Me han dicho que el amarillo…”

Alejándome un poquito del Carnaval, célebre e inmortal es el tema que Carlos Cano y Antonio Burgos compusieron, Las Habaneras de Cádiz. Por cierto, lo de “La Habana es Cádiz con más negrito” se le ocurrió (como no) a Lola Flores (“Hijo, esto es como Cádiz, pero con más negros y con más palmeras que las que hay en el Parque Genovés”) en una actuación en Cuba.

Me viene a la mente, que la playa más genuina de Cádiz, La Caleta, esté flanqueada por calles y bustos de “gaditanos” no nacidos allí (Paco Alba en Conil, Fernando Quiñones en Chiclana, Carlos Cano en Granada y Antonio Burgos en Sevilla). Pero como dice este último: La gente de Cai nacemos donde nos sale el alma.

Para terminar, una última curiosidad. Cuando pasan por la Plaza de San Juan de Dios y oyen las campanas del Ayuntamiento tocar una melodía, sepan que son las campanas de La Atlántida, obra de Manuel de Falla, el más grande compositor español de todos los tiempos.

Bueno, podría seguir escribiendo horas y horas (ya haré más entrada sobre Cádiz en mi blog) pero hoy me he levantado muy temprano y como dice el refrán, quien madruga… tiene sueño.

miércoles, 2 de marzo de 2011

El Concierto para Mandolina del "cura rojo"

El más representativo compositor italiano del Barroco es el veneciano Antonio Vivaldi, (1678-1741) apodado “el Cura Rojo” por el color de su pelo. Con total seguridad, cualquiera que posea discos de música clásica tiene casi seguro su trabajo cumbre: Las Cuatro Estaciones. Esta obra maestra sólo tiene un pero: el haber eclipsado el resto de sus composiciones. Algo lógico, dada la belleza incomparable que poseen los cuatro conciertos que la forman. Gran expresividad,  riqueza sonora, brillantez, velocidad y agilidad, acompañan ésta y el resto de su obra.

Aunque compusiera también entre cuarenta y cincuenta óperas (tristemente sólo se conservan poco más de diez), la gran fama de Vivaldi se debe a su música instrumental y concretamente a sus Conciertos y a la forma que les da (desarrollados posteriormente por Bach, dicha forma perdurará en el clasicismo, romanticismo y siglo XX).

Un Concierto es una pieza destinada al contraste entre una orquesta y uno o varios solistas. La forma predominante anterior a Vivaldi es el Concerto Grosso (con un grupo solista, dos o más, llamado concertino). Él es quien consigue que sea un único instrumento el solista, en concreto el violín, siendo la voz dominante del conjunto. Posteriormente le dará protagonismo a otros instrumentos, rescatando del olvido al violonchelo, fagot, oboe, flauta y mandolina.
Los conciertos de Vivaldi suelen  estar divididos en tres tiempos Allegro-Adagio-Allegro siendo la tonalidad común en sus movimientos, la que presta unidad a toda la obra.

Dicho todo esto, estuve escuchando una recopilación creada por mí, con varias interpretaciones del Concierto para Mandolina y Orquesta RV 425 (mi favorita es una de la Orquesta de San Marcos). En tonalidad de Do Mayor, resume todo lo indicado anteriormente. Tres tiempos, allegro-adagio-allegro, la Madolina ejerce de solista y el resto orquestal se limita a un puro acompañamiento. El primer movimiento, precioso, es el más conocido. En 4/4 la Mandolina se ejecuta con gran virtuosismo muy velozmente bajo un acompañamiento unísono en cada parte del compás. El segundo, también en 4/4, desarrolla el tema lentamente, donde el instrumento de cuerda es escoltado por el resto de la instrumentación la cual aparece cada dos partes  de tiempo ejecutando un acorde. El tercer tiempo (sobreexposición del tema), aunque en 2/4 toma de referencia los solos del primer movimiento bajo el acompañamiento del segundo. Sencillo, el concierto es una auténtica joya. Ideal para crear afición entre los niños y los no tan niños. Genial, como casi todo lo del pelirrojo, uno de mis autores favoritos.

Dos apuntes más.
1) El primer movimiento sirve de banda sonora en la película Kramer contra Kramer, interpretada por los entonces jovencísimos Dustin Hoffman y Meryl Streep. Creo que en la peli también incluyen un concierto de Henry Purcell (escribo de memoria y no lo puedo afirmar con rotundidad).
2) Existe una curiosa película, Vivaldi, Príncipe en Venecia, sobre la vida del susodicho. Puede ser algo pesada. Sólo recomendada para melómanos de los buenos.